divendres, 29 de gener de 2010

Trobant la meva essència de pi

Tiempo atrás, mi psicóloga, que trabaja con flores de Bach, me preparó un bouquet que contenía, entre otras cinco, esencia de pino. ¿Pino, para qué sirve? Le pregunté. Para las culpas, me dijo, no hay curación posible sin eliminar primero la culpa.
Todos nos sentimos (o deberíamos sentirnos) culpables en alguna ocasión. La culpa nos permite detectar cuando vamos contra nuestros principios, contra aquello que nos enseñaron nuestros padres, abuelos, maestros y referentes y que, nosotros mismos, con nuestras experiencias, vamos adaptando y elaborando; es decir, contra nuestro conjunto personal de reglas.
Asumiendo que es normal, incluso sano, que la voz persistente de la culpa crezca en nosotros al actuar contra estas convicciones; el tema es, ¿este set de normas es realmente personal?, ¿es verdaderamente propio?, ¿continúan siendo válidos estos principios con la protagonista que soy hoy?
Sociedad, religión y costumbre han llenado nuestra vida de estereotipos que hemos incorporado como valores incuestionables. En el caso de la mujeres, el arco-iris de patrones establecen que “tengo que lucir siempre perfecta”, “debo agradar a todos”, “he de llegar a todo como madre y como profesional”. Esta amalgama de creencias constituyen un paradigma tan esclavizante que, ya sea por sometimiento o por no poder llegar a todo, la aparición de la culpabilidad está garantizada.
Si además lo sazonamos con la idea de que “todo pecado conlleva su castigo”, nos investimos en jueces y verdugos de nuestra vida, negándonos cualquier perdón y encarcelando nuestras alegrías y expectativas en un limitador “tu no te lo mereces!” que sabotea cualquier oportunidad que se nos presenta.
Así nos encontramos dando vueltas, en eterna penitencia por redimir nuestros supuestos pecados, en el círculo perverso que forman el miedo a ser, la culpa por el encaje forzado y el consecuente auto-castigo.
Rodamos y rodamos sobre el mismo punto sin avanzar hasta rendirnos o caer agotadas. Unas pocas, solas, cansadas y frustradas, intuimos una salida que no alcanzamos a encontrar. Buscamos una ayuda, algo o alguien que nos acompañe. Tímidamente, al principio, empezamos a cuestionárnoslo todo. Iniciamos un proceso que, poco a poco, nos lleva a ser conscientes de los estereotipos que nos han estado hiriendo durante años, a formular nuevas creencias, a construir nuestra propia cultura. Recorremos un camino largo, del que resurgimos más fuerte. Renacemos con una sonrisa y respirando profundamente, bien autorizadas y sin más falsas culpas y castigos restrictivos: Poderosas.
De este modo, cada una va encontrando su propia esencia de pino, el motor donde obtener las fuerzas para crecer y reconstruirse. La motivación para convertirse en soldado, de una lucha que, hoy en día, se gana desde dentro.

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